Esta sección reúne parte de mi proceso formativo en artes escénicas e inicios audiovisuales. Más allá del resultado final, aquí aparecen los entrenamientos, ensayos, ejercicios y reflexiones que construyeron mi mirada artística y profesional.
Autoevaluación
Mi proceso en artes escénicas inició desde una relación profundamente corporal con la creación. El circo, la acrobacia y la danza aérea marcaron mis primeros años de formación, enseñándome precisión técnica, control del detalle y conciencia espacial. En clases como Principios de Actuación con Mario Escobar, la corrección constante sobre mi postura evidenciaba un cuerpo poco activo, que no lograba sostener presencia en escena. Ese trabajo insistente me permitió entender que el cuerpo no solo ejecuta, sino que comunica, y que una mínima decisión corporal transforma completamente lo que se percibe.
El entrenamiento físico implicó enfrentar límites reales. Mi cuerpo no estaba preparado inicialmente para dinámicas como paradas de mano o acrobacias, lo que hizo del proceso un ejercicio de repetición, adaptación y riesgo. En la danza aérea, particularmente en el trabajo con lira, desarrollé secuencias dinámicas que exigían precisión y resistencia. Recuerdo especialmente un momento de caída durante el entrenamiento que me obligó a comprender de manera más consciente la ejecución del movimiento. A partir de ahí, el cuerpo dejó de ser solo impulso y se convirtió en estructura.
Más adelante, el teatro físico y el trabajo gestual ampliaron esa base. Dejé de entender el movimiento únicamente como exploración y comencé a construirlo desde la intención. En procesos con docentes como Leonardo Martínez en su clase de Técnica De Teatro Gestual, comprendí la importancia de un cuerpo activo, capaz de sostener sentido y narrativa en cada acción. La repetición, la precisión y la construcción de imagen corporal empezaron a tener un propósito más claro dentro de mi práctica.
En ese momento entendía el arte principalmente desde la sensibilidad y la experiencia emocional. Mi aproximación era intuitiva y, en muchos aspectos, idealista. Confiaba en la emoción como motor principal de creación.
La pandemia marcó un punto de quiebre determinante. El cierre de los espacios físicos me obligó a repensar mi lenguaje y a explorar el audiovisual no como un recurso temporal, sino como una expansión real de mi práctica. En la clase de exploración audiovisual con David Moncada, tuve mi primer acercamiento consciente a la cámara, desarrollando ejercicios de creación narrativa a partir de recursos simples. En una de las primeras piezas que realicé, descubrí una relación natural con la composición, el ritmo y el movimiento de cámara, lo que fue señalado constantemente como una estética reconocible dentro de mis trabajos.
A partir de ese momento, comencé a trasladar la lógica del entrenamiento corporal —precisión, estructura, repetición y riesgo— al lenguaje audiovisual. Los espacios de ensamble también aportaron a este proceso. En el montaje Manzanar de la discordia, dirigido por Leonardo Girón, no solo participé como intérprete, sino que asumí un rol activo en la producción. Esta experiencia me permitió entender que la creación no depende únicamente del cuerpo, sino también de la construcción del espacio, la organización y la responsabilidad dentro de un proceso colectivo.